Vivencias de un padre primerizo

Vivencias de un padre primerizo

Recuerdo (y creo que no lo olvidaré con facilidad) una sensación y un momento especial, el día que nos dieron el alta del hospital. Allá que salimos a la calle con nuestro bebé recién nacido de 48 horas en brazos de mi mujer.

Nos dirigimos al coche, lo colocamos con todo el cuidado del mundo en el capazo, la arropamos bien y… rumbo a casa. Dos días antes habíamos llegado de madrugada al hospital ella y yo y ahora volvíamos siendo tres!! Parece rematadamente obvio pero a nivel emocional no es tan simple. Una parte de mí sentía una alegría y felicidad indescriptibles. La otra se preguntaba: “¿y ahora qué?, ¿cómo se hace esto?, ¿seré capaz?”

El miedo es una emoción presente durante el embarazo y algo más desbordante cuando llega la paternidad. Al principio lo gestionaba como mejor podía, haciendo muchas actividades. Había gestiones varias que hacer, papeleos y burocracia de la que ocuparse, muchas cosas desconocidas para mí que hacía falta comprar y una casa en estado de caos que ordenar.

En medio de tanta locura y cambios, me pude parar a reflexionar y a conversar con mi mujer, que es una psicóloga para mí. Me di cuenta de algo. En mi cabeza tenía la idea (un poco prejuiciosa tal vez) que ser un buen padre consistía en ocuparse de que no faltase de nada. De abastecer a mi familia a nivel material para poder sobrevivir. Ahora que miro atrás veo que eran eso, mecanismos de supervivencia en una situación muy estresante. Faltaba algo más básico que eso, el contacto con mi bebé. Entre tanto hacer y deshacer, apenas me quedaba tiempo para cogerlo en brazos, cantarle o cambiarle el pañal sucio. Este era el miedo auténtico.

Parece que los roles tradicionales están claramente definidos. La madre se encarga del bebé, de hecho ellos dos se convierten en una diada durante estos primeros meses. El padre sale de caza y aprovisiona los víveres para la familia. La sociedad sigue potenciando que esto sea así cuando a los catorce días del nacimiento los padres tenemos que volver al trabajo. ¿¿Qué son catorce días?? De todas maneras, no es excusa y es sano pararse y plantearse cómo es mi ser Papá y cuál es la paternidad que quiero para mi familia y para mí.

No es sencillo cambiar siglos de historia y evolución. Creo que los padres de nuestra generación vamos siendo conscientes de la importancia del apego y del contacto con nuestros bebés desde el principio un poco más. Lo cual hace también que los conflictos acerca de qué tipo de Papá quiero ser afloren. ¿Quiero ser un padre cazador o un padre cercano? ¿Puedo ser ambos? Son cuestiones que me pregunto y en las que sigo profundizando.

El otro asunto con el que inicié estas líneas, el miedo a ser padre, sigue también presente. Es algo que está bien mirar y chequear de forma honesta y periódica. Y aprender a tener el permiso para sentirlo sin que bloqueé y sin ser transmitido al bebé. También he de decir que el día que ví a mi bebé morirse de risa con las cosquillas que le hacía noté que algo en mi confianza cambió. Parece que esto es una aventura que solo hizo comenzar y ya ha removido hasta los cimientos. A ver que viene después…

Juan Del Valle.

Psicólogo y psicoterapeuta.

La timidez y la vergüenza: dos disfraces del miedo

Todos y cada uno de nosotros tenemos miedo. El miedo es una de las emociones básicas del ser humano y como tal no es negativo sentirlo. La diferencia se encuentra en cómo percibimos el miedo.

¿Qué es el miedo? El miedo es una emoción que nos activa y pone a nuestro organismo en estado de alerta preparándolo para poder llevar a cabo una acción urgente que nos ponga a salvo en una situación de peligro. El miedo es un mecanismo de supervivencia y se puede manifestar de varias maneras, por ejemplo puede generar el impulso necesario para salir corriendo y huir del peligro. También existen otras respuestas cuando tenemos miedo, como enfrentarnos a lo que nos produce el miedo si existe esa posibilidad o quedarnos quietos cuando el miedo nos paraliza. Podemos observar estas situaciones en el mundo animal, por ejemplo cuando un depredador acecha y el animal en cuestión responde a ese peligro de alguna de estas tres maneras. Todas estas respuestas son adaptativas cuando responden a una situación real de peligro. Forma parte de la propia evolución natural.

Pero, ¿qué sucede cuando la situación está en nuestra percepción o en nuestra fantasía y no en la realidad? Estas son las situaciones en las que imaginamos que nuestras acciones van a desencadenar un resultado negativo o insatisfactorio para nosotros. Incluso, un desenlace peligroso para nuestra integridad. Y todo esto está sucediendo en nuestra cabeza.

Este miedo puede llegar a ser no adaptativo o, también llamado miedo anticipatorio porque anticipamos una situación concreta en la que algo malo nos va a suceder. Esta es una cualidad que sólo el ser humano posee en comparación con el resto del mundo animal. No sabemos el qué exactamente va a suceder porque es una sensación difusa, pero al pensar en ella la sentimos como una sensación de catástrofe.

Ante todo, este miedo necesita ser comprendido y escuchado. Si está ahí es porque algo lo ha colocado ahí, de eso no cabe duda. En la gran mayoría de personas con las que he compartido sus procesos de desarrollo y conocimiento personal he aprendido que el miedo se instaló en su mundo emocional a lo largo de experiencias vividas anteriormente en su historia. Vivencias en las que había una necesidad psicológica o emocional que no fue atendida o satisfecha adecuadamente. Y cuando nuestras necesidades emocionales están desatendidas es cuando más miedo sentimos. Sin embargo este miedo es una emoción básica y primaria. Sucede que habitualmente saldrá a la superficie de otra forma, disfrazado. El miedo tiene varios disfraces. Es con ellos con los que sale al mundo consciente y da la cara. En este artículo voy a reflexionar brevemente sobre un par de ellos, la timidez y la vergüenza. Existen algunos más aparte de ellos.

La timidez es la expresión del miedo al rechazo. La timidez puede llegar a ser muy destructiva. Se suele relacionar en la persona con la necesidad de reconocimiento, de ser valorado por los demás (necesidades humanas básicas emocionalmente). Así se crea un coctel que puede provocar mucho malestar. Cuando contactamos con este miedo al rechazo y notamos que nuestro nivel de valoración y reconocimiento está por debajo de lo esperado, la timidez es un mecanismo que funciona como los muros y las puertas de un castillo que se cierran. Así hacemos imposible que los de fuera puedan ver “nuestras debilidades”, las partes del castillo que yo anticipo que el otro va a atacar o, simplemente, que no le van a gustar. De forma colateral, al cerrar las puertas tampoco permitimos llevar a cabo las interacciones necesarias para que nuestra necesidad de reconocimiento y valoración sea satisfecha. Además, con la timidez suele ocurrir algo bastante común, es una etiqueta que muchas veces se pone desde la infancia. Mensajes como “es que este niño es muy tímido” o “yo es que soy desde pequeña muy cortada” van calando en la identidad de la persona como una creencia a la que no se puede hacer frente y que limitan el desarrollo personal. Todo en conjunto, genera un sistema de creencias inconscientes, pensamientos, emociones y comportamientos que la persona necesita romper para encontrarse bien consigo misma.

La vergüenza es la expresión del miedo a la burla o a la humillación. Está directamente relacionado con la imagen de inseguridad que yo creo proyectar. Es el deseo de huir del malestar que siento en una situación a toda costa. La vergüenza es una auto-crítica negativa que refleja el miedo a no valer, produciendo un sentido del ridículo como un “tierra trágame”. Y vuelvo a repetir, si está ahí es porque hay una razón para ello. Seguramente que la persona ha experimentado alguna situación en su vida que ha vivido con burla o humillación de otros. Y después ha tomado una decisión al respecto. Es entonces cuando solemos recurrir a diferentes “soluciones” como pueden ser entre otras; evitar situaciones que pueden ser sanas y enriquecedoras por miedo a ser avergonzados, consumir alcohol y/o sustancias en determinadas situaciones activadoras del miedo hasta que no sintamos el miedo, percibir el mundo desde la desconfianza hacia los demás para que así no nos pillen desprevenidos o vivir en una eterna duda que es la expresión de la falta de confianza en uno mismo.

Si sentimos miedo y lo podemos sentir y canalizar saludablemente nuestro organismo vuelve al equilibrio y dejamos de vivirlo. Así el miedo ha cumplido su función. Pero, ¿qué sucede si no lo hacemos así? Si no aprendemos a gestionar y canalizar nuestro miedo, entonces se intensifica y se va acumulando. Es el momento en que experimentamos que algo no está yendo bien porque el miedo nos puede desbordar. Entonces podemos buscar apoyos o empezar a cuestionarnos nuestra capacidad para manejar los miedos. Cuando experimentamos esta situación de desborde repetidamente en contextos diferentes puede llevarnos a pensar que “somos miedosos, tímidos o vergonzosos”. Se genera una creencia acerca de nuestra identidad que nos va a condicionar en nuestras acciones futuras. Las buenas noticias son que podemos re-aprender a gestionar nuestras emociones saludablemente y, de esta forma, cambiar las creencias sobre nosotros mismos y la manera de relacionarnos con los demás.

Juan Del Valle
Psicoterapeuta